En un pueblo(dedicado a Paz Risueño)

  Una vez más mis tribulaciones laborales me llevaron por caminos perdidos, montes donde se esconde el buho, donde el lobo aún acecha desde las alturas, donde el carnero  te regala con esa mirada atávica el recuerdo de fiestas en las que su presencia convertía el fuego en hoguera de pasiones; carreteras con pueblos que no desean aparecer en los mapas porque sólo viven en el corazón de sus paisanos. Esta vez me perdí y el GPS hacía rato que había tirado la toalla.

La calle principal, la única del pueblo, estaba desierta. Paré junto a la fuente por cuyo caño el agua que manaba era tan diáfana que sólo podía palparse, agua que únicamente el ojo del halcón es capaz de ver.

Bajé del coche y empecé a caminar sobre los centenarios adoquines. Pese al silencio había vida, noté el contacto de ocultas miradas que tras las cortinas no se afrentaban con la visita del extranjero. Desde casi medio pueblo pude verlo, sentado sobre el murete de piedra de la iglesia, junto a la estela con la cruz en cuyas puntas los cuatro círculos evocan el misterio de la vida. Aguantó impávido mi mirada mientras me acercaba a él. Tendría apenas… diez, quizás once años, nunca soy capaz de acertar la edad de un chiquillo y no lo entiendo porque yo también una vez lo fui.

—Hola, creo que me he perdido —fue mi tarjeta de presentación—. ¿Cómo se llama este pueblo?

—No sé —me contestó sin apartarme su mirada.

—¿No eres de aquí?

—Sí —contestó. Ya estoy habituado a distinguir la timidez de la indiferencia, era lo segundo.

—¿Cómo te llamas? —Empecemos por el buen camino, me dije.

—Pedro, pero todos me llaman Pedro.

—Bueno, es lo normal, yo me llamo Oscar y es el nombre que uso.

—¡Aquí no! —me soltó—. Matarranas se llama Raúl, y a Pedoflojo su madre le dice Alberto.

—¿Qué iglesia es ésta? —pregunté.

—No sé, la iglesia.

—¿A que virgen o santo está dedicada?

—¿Qué es dedicada? —me lo soltó con gesto extrañado. Hace tiempo que también aprendí a distanciar la indiferencia de la ignorancia.

—¿Por qué no estás en el colegio? Son las once la mañana, supongo que Matarranas y Pedoflojo estarán en clase. —Intégrate Oscarin, me dije.

—¿Qué es colegio? —Ahora sus ojos lo delataron, el chiquillo empezaba a mostrar curiosidad.

—Oye, ¿no hay personas mayores en este pueblo?

—¿Viejos?

—¡Mayores! —insistí—. Adultos.

—¿Qué son adultos?

—Pues como yo, que no soy ni un niño ni un anciano.

—¡Ah! Esos están por ahí, trabajando el campo —señaló hacia atrás levantando su mano por encima de su cabeza.

—¿Y los demás?, los niños, los mayores ¿qué hacéis?

—Esperar —Esta vez la mueca de sus labios y el gesto de sus hombros compusieron una sombra amarga sobre la pared de la iglesia.

—¿A quién esperáis?

—A ella, la que sabe, la que enseña a los viejos, la que ayuda a los niños. Dicen que si no ha venido es porque no puede estar en todos los pueblos, pero yo creo que es una leyenda, como tantas que hay por aquí sobre brujas.

—¿Esperáis a una bruja? —le pregunté con una cómplice sonrisa.

—Si, pero ella no es como las demás, es blanca. Por eso le llaman la Blanca, pero no recuerdo su nombre —Esta vez el brillo en la mirada del niño proyectó sobre la iglesia una sombra dulce, inocente.

—Yo conozco a una así —Con un gesto cariñoso le alboroté su pelo rizado y di media vuelta para marcharme—. Le llaman Paz la Blanca.

—¡Ese es su nombre, Paz la Blanca! Ahora recuerdo la leyenda, dicen que con ella no hay días sin sol, ni mañanas sin sonrisas. Y por las noches pasa por todas las casas, a los niños nos cuenta un cuento y a los viejos les ayuda para que vuelvan a ser niños —con los ojos como ruedas de molino me preguntó—. ¿La conoces?

—Sí, es amiga mía —exclamé alejándome ya de la iglesia.

—Entonces, ¿es verdad que existe? —No hace falta que os diga que la palabra de un niño es irresistible cuando le inunda la esperanza—. ¿Le dirás que venga? Aquí la esperamos todos.

—Te lo prometo, pero la Blanca está muy ocupada y…

—¡Has hecho una promesa! —me gritó mientras me alejaba.

Me subí de nuevo al coche y antes arrancar me quedé pensando unos instantes. No me gusta incumplir mis promesas y sólo se me ocurre una manera…

Oscar da Cunha

http://oscardacunha.blogspot.com        12 de abril de 2013bruja

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